Cómo las endorfinas juegan con nosotros. Parte 1. El infiltrado del reino vegetal.

La historia que leerán hoy es un verdadero thriller. Todo empezó tanto tiempo atrás, que solo nos quedan los restos arqueológicos para saber de las orígenes de nuestro protagonista. Lo encuentran en las ruinas de las civilizaciones ancestrales en América, India, África. Parece que sus cualidades se conocían en todos los tiempos, y en la mayoría de los lugares donde florecen las plantas. Se apreciaba por su efecto analgésico, tranquilizante y sedante. El juguito seco de una linda flor: la amapola. Y el jugo se llama el opio.

Por siglos y siglos, el opio ayudaba a la gente combatir el dolor cuando no hubo ninguna otra medicina que podría curar o aliviar los estados graves. Ahora lo llamaríamos paliativo: no curaba, pero ayudaba a enfrentar el sufrimiento físico y, también, morir con dignidad. Sus efectos eran moderados y, aparentemente, no causaba el daño significativo, al menos el bien que traía su uso para los enfermos graves superaba todo el supuesto daño.

Con el avance de la ciencia, el interés en el opio como una opción medicinal impulsaba a los químicos extraer su base activa lo cual sucedió al inicio del siglo XIX. Esta molécula se llamó la morfina porque se suponía que su efecto principal sería somnífero.

A lo largo de su uso, resultó que la morfina tenía los efectos analgésicos mucho más significativos que el opio, y lo mismo sucedía con su capacidad de producir la euforia. Durante el siglo XIX la morfina se aprovechó ampliamente, en especial, en la medicina de guerra. Incluso, qué ironía, la usaban para combatir la adicción alcohólica.

Cuando su popularidad llegó al tope, recién se notó que esa maravilla analgésica causaba una fuerte dependencia que se desarrollaba con la inmediatez: bastaba con el consumo sistemático durante dos semanas, y el paciente se convertía en un drogadicto. Hasta aquel entonces, la drogadicción se consideraba un fenómeno psicológico que reflejaba la debilidad del carácter del personaje, pero no el efecto de la sustancia. Después de los juegos con la morfina, la drogadicción se determina como una enfermedad.

Sin embargo, aquí no es el fin de la historia. El efecto positivo de la morfina sobre el dolor no dejaba a los químicos farmacéuticos dormir tranquilos. No perdían la esperanza de encontrar alguna modificación molecular que permitiría a mantener el efecto y, a la vez, eliminar las reacciones colaterales.

La idea fue maravillosa, pero existió un gran problema detrás de ella: la ciencia todavía sabía muy poco sobre los mecanismos químicos del funcionamiento del cerebro y buscaba la solución a ciegas. En algún momento pareció que se logró el objetivo: construyeron una molécula 10 veces más activa que la molécula de morfina, lo que implicaba la posibilidad de bajar la dosis para lograr el mismo efecto analgésico, y a la vez, evitar o disminuir la adicción. Su nombre comercial era heroína, el analgésico heroico. Nació la sustancia más peligrosa para la vida humana que jamás había existido antes.

Así fue el camino del juguito seco de una linda flor, la amapola. Un jugo que en las manos de los humanos se convirtió en uno de sus peores enemigos porque, por la ironía del destino, su molécula activa, la morfina, supo abrir las puertas que no habían sido construidas para ella. Entró como un infiltrado directamente a nuestro cerebro, a los centros vitales para reinar sobre nuestro dolor y nuestro placer, dos fuertes motores que pueden destruirnos si caen a las manos equivocados.

9 comentarios

  1. Es un asunto muy interesante y grave en cuanto representa un cuantioso beneficio económico. Aunque parece que en la Odisea se citan los devastadores efectos del opio cuando visitan el llamado país de los lotófagos y la presencia de sustancias parecidas se asocia desde tiempo inmemorial con la sensibilidad de profetas y chamanes. Un abrazo.

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