CEREBRO Y COMIDA. Parte 2: saboreando la moral

¿No te da asco saber que tu vecino saca la vuelta a su esposa con la empleada y también con el jardinero? ¿No te parece nauseabundo que un adolescente va en las tardes a la iglesia a robar las carteras de las viejitas distraídas? ¿No crees que es repulsivo el racismo? Sí ¿verdad? A mi igual. En cada sociedad existen sus códigos éticos, y cuándo están violados de manera atrevida, provocan todo un abanico de respuestas negativas, emocionales y físicas, en los portadores de esta cultura. Se percibe como amenaza a la existencia misma de la sociedad. ¿Por qué,creen, en los países ortodoxos musulmanes pueden matar a una mujer si muestra la cara?

Es la expresión suprema del asco elevado naturalmente al nivel de miedo tan fuerte que provoca agresión en forma del odio desmedido.

Ya hemos hablado que nuestro comportamiento se maneja mediante la competencia de los centros de las necesidades: por ejemplo, cuando comemos, està activo el centro de la necesidad alimentaria, pero si algo en la comida se detecta como dañino (por ejemplo,un sabor ácido o amargo) el centro de la defensa de inmediato toma el mando dejando otro centro inactivo. El centro de la defensa tiene dos acciones principales: o el miedo que impulsa a llorar, huir, desmayarse, o el miedo, que se expresa en la agresión.

Cuando comemos algo descompuesto, el cuerpo quiere expulsarlo, por ello sentimos las náuseas, las emociones negativas que podemos describir como el asco, la repulsión.

Nuestros sistemas olfativos y visuales nos permiten identificar la comida podrida, sucia o rara (es decir, desconocida) antes que la ingerimos, por lo tanto, en la mayoría de los casos, la repulsión es la reacción para prevenir la ingestión. Si hay riesgo que de alguna manera seremos forzados de comerlo, llegamos a sentir el miedo propiamente dicho o la agresión en el grado que se convierte en una fobia.

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Hace muchos años he comido la cremolada de coco que había sido tan rica, que en lugar de una, exageré y comí tres.

El siguiente día tuve el dolor de garganta más horrible que había experimentado en mi vida. No podía hablar, no podía tragar la saliva, sufrí un montón. Era una especie de imprinting para mi que hasta ahora con tan solo ver las cremoladas me da nauseas de terror.

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Pero también me da nauseas cuando pienso en los sacerdotes que abusan sexualmente de los menores.

¿Qué sucede en nuestro cerebro, por qué las sensaciones de la naturaleza tan diferente provocan las mismas reacciones en nosotros? La respuesta yace en nuestra historia evolutiva. Las necesidades de las cuáles estamos hablando, son las necesidades básicas que se formaron en los tiempos remotos, en los caminos olvidados de la evolución, y por ello son potentes e influyentes ya que pasaron las pruebas de fuego en las luchas para la supervivencia de la especie. Las compartimos con otros mamíferos. La mayoría de las reacciones que tenemos a la comida amarga, descompuesta o sucia son innatas. Un bebé humano al recibir algo amargo en su boquita lo va a escupir y empezará a llorar.

Los olores con toques del sulfuro de hidrógeno, la putrescina, cadaverina o el metilmercaptano entre otros están grabados en nuestro cerebro para ser rechazados y evitados a toda costa porque nos traen la muerte.

Esta información viaja por las vías de percepción hacia la parte cortical que se llama la ínsula que està bien escondida en la superficie lateral del cerebro. Originalmente, estaba relacionada con el olfato, el gusto y las funciones somáticas motoras, entre otras. Es allí donde nacen las emociones negativas y los reflejos que percibimos como náuseas en la respuesta a la comida descompuesta, sucia o rara. Como ya hemos entendido, es la forma de auto-protección del organismo contra los alimentos potencialmente dañinos.

Las emociones, negativas o positivas, en los humanos, por general, tienen la respuesta cognitiva, por lo tanto, en algún momento nuestros antepasados con sus cerebros superdesarrollados llegaron a categorizar  las sensaciones causadas por el contacto con la descomposición, suciedad o rareza de la comida y relacionarlas con lo malo y lo bueno. Pero lo interesante es que en algún momento lo generalizaron y desde aquel entonces, la ínsula participa en la experimentación de las emociones que ya no están relacionadas con la comida, tales como el odio, el amor, el miedo, el disgusto, la felicidad y tristeza. En los humanos, la parte del cerebro que responde a las toxinas en la comida se responsabiliza también por las reacciones a los actos inmorales. Nos es difícil distinguir la repulsión moral y física. Solo sabemos que la repulsión es el indicador subjetivo para determinar qué es bueno y qué es malo de manera universal.

Cuando vemos u olemos algo raro, desconocido o muy distinto a lo que hemos acostumbrado, estas percepciones van a la ínsula y causan en nosotros el mismo efecto que la comida podrida.

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Podemos decir que nuestra civilización ha creado en nuestros cerebros una respuesta a lo diferente en forma del asco moral para preservar los valores formados en un grupo dado de los humanos.

Los homofóbicos, los racistas, los fanáticos y no muy fanáticos religiosos, los vegetarianos obsesivos, los adictos a la vida sana, están compartiendo algo muy similar: la repulsión a todo que va en la oposición a sus creencias, costumbres, estándares sociales.

Espero, después de leer este texto, será más fácil para ustedes, mis queridos lectores, entender a aquellas personas, y también, entender a nosotros mismos. Somos humanos y, a parte de los mecanismos fisiológicos, tenemos la cognición. Podemos superar las reacciones innatas porque somos capaces de razonar y entender, que no todo lo detectado por el gusto como peligroso, lo es. Y que así como podemos probar la comida desconocida, que al inicio nos da miedo, para encontrar nuevos sabores, también podemos observar, probar, experimentar las costumbres ajenas que solo de primera vista parecen peligrosas. quizá, nos regalen un mundo de alegría y descubrimiento, una visión nueva que iluminará nuestras vidas con colores nunca antes vistos.  


This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

16 comentarios

  1. Muy informativo. Como alguna vez escribí, lo grandioso de conocer el centro de nuestras vidas, el cerebro, es que nos abre los ojos para entender lo que nos hace humanos, con todo lo que ello implica.
    Gracias

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  2. Me ha encantado¡¡ pero a parte de la herencia evolutiva, también es algo cultural, por ejemplo, con la comida, en Asia que tanto les gusta comer insectos, yo no podría, muero de asco, en cambio aquí nos comemos las morcillas con toda naturalidad y están hechas de sangre y arroz, son una delicia y se las das a un americano y vomitaría jejeje creo que en el caso de las comidas, influye más el ver como natural el comer unas cosas y que otras nos parezcan nauseabundas, que curioso es nuestro cerebro:) Un abrazo¡¡

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    • claro, nos acostumbramos a lo nuestro, a lo conocido, y la comida en sí es una de las primeras cosas que aprendemos a apreciar. las costumbres culinarias son el reflejo de creencias y el estilo de vida de un grupo humano, es el punto de refrencia para distinguir los nuestros y los ajenos, así que cuando algo es muy diferente a lo nuestro, se percibe como amenza. soy rusa y tenemos la comida tradicional de más simple, por ejemplo, nuestra famosa sopa roja, por cierto, de origen ucrañana: es sopa de verduras comunes y corrientes, pero cuando la ofrecí a mi suegra peruana, ella ni quiso probarla. de hecho, herió mis sentimentos jijijij

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  3. Lo visual mete su cuchara, a mi, me da rechazo ver sobre algún alimento que lo llenen de crema. O bien que sienta que al pan le han puesto queso. Una la puedo ver, la otra no. Pero creo ser capaz de comer vibora, zariguellas, armadillo, etc, Soy aventurero en sentir diferentes sabores. He comido insectos. Recuerdo que mi hijo que tendría tres años, quizo comer hormigas que en determinada epoc llegaban volando por cientos. En la familia no es costumbre comer eso, de él nació comerselas, asi que mi esposa tuvo que preguntar como se guisaban y se las comió. Elena cosas que estaban dormidas con tu excelente texto me hiciste recordar. Lo llebo a mi blog. Uno de epideiologia y el de sendero. Abrazo y rosas.

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    • muchas gracias, Ruben, a mi también me gusta experimentar con la comida, pero a veces es más en teoría que en práctica: por ejemplo, no pude comer la criadilla (los testículos) ni la carne de tortuga, ni los huevos con el embrión adentro. creo(!!! jajaja) que podría comer insectos como grillos, saltamontes y hormigas, pero todavía no he probado. El conejillo de Indias que comen tradicionalmente en Perú simplemente no me gustó por la textura. Vivo con la intolerancia a lactosa, por lo tanto, tuve choques graves con los toffies y el manjar blanco: son dos cosas que solo verlas me provoca una incomodidad física fuerte, literalmente los tengo miedo jajajaja. cariños en la distancia 🙂

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