Autismo digital

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El camino evolutivo del Homo sapiens es único: los genéticos estiman que nuestra presencia en el mundo como especie tiene 200 mil años lo cual no es mucho en la escala de la existencia de la vida en la Tierra. Recordemos que la fauna terrestre explotó en una abundancia de especies hace unos 550 millones de años. ¿Que son 200 mil años dentro del medio billón?  

Me dirán que el Homo sapiens no surgió de la nada y nuestra famosa Eva Mitocondrial con mucha seguridad no era sapiens. Es cierto, nuestro recorrido evolutivo no empieza hace 200 mil años, ni con el surgimiento de los primeros primates, ni con los primeros mamíferos, pero hoy hablaremos solamente del Homo sapiens desde sus inicios como una especie de Homo, y hasta la actualidad.  

La evolución nos tallaba de acuerdo con las necesidades biológicas que se presentaban en el mundo cambiante y preparó nuestro cerebro para solucionar una serie de tareas necesarias para nuestra supervivencia. La evolución nos formó para dos tareas permanentes: la búsqueda de las calorías y la búsqueda de la información.  Miles y miles de años esto funcionaba de maravilla, hasta que, de pronto, dentro de un período super corto en proporciones evolutivas, la situación de nuestro entorno cambia drásticamente.

Lo interesante de este cambio es que es  dirigido por nosotros mismos en búsqueda del paraíso. Primero lo resolvimos con las calorías, la Revolución Industrial sacudió el mundo en el siglo 20 y éste nunca más volvió a ser como antes, como miles y miles de años. En el siglo 21, junto con la Revolución Digital, llegó la hora de satisfacer nuestra sed por la información. Todo està en abundancia ahora: y las calorías, y la información. Y para hacerlo peor, estàn más que accesibles. (sin duda alguna hablamos hoy de las personas que pertenecemos a la civilización digitalizada).

La abundancia y accesibilidad de la comida nos hacen obesos, la abundancia y accesibilidad de la información nos hacen tontos. No podemos dejar el consumo, el cerebro perdió la capacidad de parar cuando las necesidades naturales estàn satisfechas, nos premia y hace que sigamos comiendo cuando ya no tenemos hambre, que sigamos revisando las redes sociales aunque la información que consumimos es inútil para nosotros desde cualquier punto de vista.

Parece que el cerebro no logra a acomodarse al entorno que se cambió tan violentamente rápido en la escala evolutiva. Los dinosaurios no se extendieron inmediatamente: los últimos estudios demuestran que su extinción había sido veloz solo desde el punto de vista evolutivo: ellos seguían en la Tierra por 12 millones de años más antes que el cambio del ambiente los hizo desaparecer por completo y para siempre. 12 millones de años duró el cambio dramático. Qué sabían los dinosaurios de lo dramático? En nuestro caso es cuestión de menos de 30 años. El cerebro no tenía chance y no lo tiene. Nosotros mismos nos hicimos la trampa.

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Un vistazo a través de los años nos permite reflexionar sobre la forma de vida de los Homo sapiens transcurso de su historia y la pre-historia. Hoy no veremos los miles de años de nuestra existencia no documentada. Suficiente basarnos en lo que todos saben. Por ejemplo, las épocas de legendario Moisés (fuera o no fuera real esta figura, tenemos la idea más o menos clara sobre la cantidad de años que nos separan de él). Una de las primeras cosas que me pareció reveladora en la historia de Moisés es el pequeño episodio de su infancia cuando el faraón va a bañarse al río. Faraón. Bañarse al río. Aló. Aló. Definitivamente, mis condiciones de vida son mucho mejores que las de faraones.

La vida de la mayoría de los humanos antes de la Revolución Industrial, se describe como la falta constante de todo: de comida, de ropa, de objetos de la primera necesidad. Todo se produce a mano, muchas cosas tienen un precio tan alto que solo las élites podrían tenerlos. La revolución industrial ha cambiado totalmente nuestra vida. Actualmente, la clase media tiene el nivel de consumo que hace uno o dos siglos no podrían tener ni los reyes. La abundancia y accesibilidad de las cosas materiales trajeron el consumismo que en la segunda mitad del siglo 20 fue el símbolo de la prosperidad. Los habitantes de las megalópolis ya no están preocupados por el precio o la ausencia de las cosas. Lo único importante es balancear sus ingresos para poder adquirir lo que se oferta en el mercado.

Las tecnologías han pasado por el mismo camino: no hace mucho un celular fue el producto para las élites, y ahora está presente en la vida de cada persona.

Así como los bienes materiales, la información durante de la historia de la humanidad siempre había sido muy valiosa y difícil de obtener. En el Mundo Antiguo sólo los ciudadanos libres podrían dedicarse al Arte, literatura, y las disciplinas que dieron inicio a las ciencias. En las épocas medievales, toda la información fue concentrada en los monasterios y se manejaba de acuerdo con la conveniencia de la iglesia. La democratización del conocimiento se inició con el invento de la imprenta, pero hasta los fines del siglo 20 para buscar la información uno necesitaba ir a la biblioteca, levantar los archivos, incluso para comprar libros tenían que buscarlos. El TV tenía cuatro canales y para escuchar una canción si no la tenías en el disco de vinilo, tenías que estar atento a los programas de radio.

Todo cambió con la llegada de los PCs con el acceso al Internet. Similar a lo sucedido con la revolución industrial, el Internet acabó con el déficit de la información. Ahora nadie se preocupa por la falta de la información, estamos preocupados por su exceso.

Los gadgets, las redes sociales, los videojuegos, el streaming (retrasmisión en español) del contenido, todos son los atributos de la vida contemporánea, herramientas para construir la carrera, ser exitoso y feliz, y también las causas de las alteraciones psicológicas, de la incapacidad de comunicarse offline, de las tragedias personales de muchas personas.  Noam Chomsky dijo que cualquier tecnología es neutral. Su influencia puede ser negativa o positiva dependiendo de cómo la usamos. Pero què tal si ya no tengamos el control?

Qué sucede con nosotros, con nuestros cerebros y nuestros cuerpos cuando nos absorbe el mundo digital? Empecé este artículo hablando de nuestro recorrido evolutivo justamente para explicar el porqué de muchos problemas que enfrentamos ahora. El cerebro humano se formó en un entorno social, y seguimos siendo criaturas sociales, animales cuya realización biológica se da únicamente en el entorno de seres iguales.

Nuestro cerebro tiene las estructuras formadas para la vida en la sociedad, para actuar en éste en todos los aspectos de la supervivencia: para solucionar problemas en grupo, para comunicarse en grupo, para disfrutar en grupo, para protegerse en grupo. El cerebro nos premia con las sustancias químicas que nos traen placer y satisfacción por interactuar con otros en vivo y en directo, el cerebro nos guía para entender a otros, las neuronas espejo traducen el actuar de otros para tener la cooperación eficaz. El cerebro no está preparado para entender el cambio digital que transformó nuestra realidad.

Cuando estamos frente de una pantalla, asumimos que nos comunicamos, y pensamos que somos afortunados de tener miles de personas en nuestro mundo. Pero esta comunicación es una falsificación, una ilusión. Durante nuestro contacto real, cara a cara con alguien, el cerebro trabaja de manera óptima y no toda la información que procesa la percibimos de manera consciente. Están involucradas las estructuras subcorticales profundas que evalúan los gestos, los olores, los movimientos, el cambio de color de la piel, el cambio del tono de voz, etc. etc. Todo para qué el cerebro se formaba durante miles de años de la evolución, todo que hace su funcionamiento normal. Al no tener que procesar tanta información, el cerebro no se siente preocupado, le gusta economizar los recursos y la energía. Por lo tanto, nuestras capacidades comunicativas, sociales, interpersonales, emocionales, vitales para sobrevivir en la sociedad, poco a poco se atrofian, las redes neuronales se debilitan, nuestra comunicación se simplifica, nosotros entramos en un estado de autismo generado por la sobrecarga digital.

No lo sentimos, igual como aquella rana puesta en la olla con agua caliente. Y poco a poco perdemos nuestras habilidades de entender a otros, de necesitar a otros, sumergiéndonos en el mundo iluso donde miles de personas nos rodean de manera que nunca podrían rodearnos en la vida real. A propósito, recuerdan del número de Dunbar? Nuestro cerebro no puede retener más de 150 personas. Y desde que esto ha sido verdad no pasó mucho tiempo: la evolución no contó que los humanos cambiaremos el mundo tan velozmente que ni nosotros mismos tengamos tiempo a acomodarnos a él.

Hemos creado el mundo en el cual nuestros cerebros se pierden fácilmente. Aza Raskin y Justin Rosenstein, los innovadores digitales, están decepcionados de sus inventos y ambos hablan de la penosa dependencia psicológica y la explotación de las necesidades naturales de los seres humanos en el mundo de la Silicon Valley.

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¿Por qué llegamos a esto? ¿Por qué tan rápido un gadget se vuelva para nosotros más importante que la vida alrededor de nosotros? Al inicio he mencionado que el cerebro se encuentra en la búsqueda incesante de las calorías y de la información. Para estimular la búsqueda de la información, el cerebro nos premia con la dopamina que nos trae una sensación de placer. El Internet nos permite buscar y encontrar sin cesar. Cada vez que vemos algo nuevo recibimos una pequeña porción de la dopamina, y cada vez que movemos la lenta con el dedo para ver algo nuevo, también. De esta manera el cerebro nos empuja: más, más más. El mundo alrededor se pone demasiado aburrido a comparar con el mundo digital donde la fiesta nunca termina.

Antes de la era digital, para recibir la información, nosotros los humanos tuvimos que cooperar con otros, comunicarnos con ellos, acomodarnos a ellos para recibir lo que queremos. Cuando queríamos la receta de la abuela, tuvimos que llamarle, luego montar la bicicleta hasta su casa recibiendo paralelamente su dosis de la dopamina, sentarse con ella a conversar, escuchar sus historias activando nuestras neuronas espejo, abrazarla para despedirse – fomentar una relación, llenarse de oxitocina, hacer el cerebro trabajar duro. Ahora con un click tienes la receta, o, lo que es mejor aún, con un par de clicks, el plato te lo traen a casa. Todo el trabajo que podría hacer el cerebro, está omitido. El cerebro está contento, porque, como ya lo dije, le encanta economizar.

Pero sin el trabajo, sin esfuerzo, sin retos, sin problemas, sin la gente alrededor y al lado, el cerebro pierde sus capacidades. Los humanos siempre hemos tenido una relación muy complicada con la naturaleza: el medio ambiente nos retaba constantemente y nosotros tuvimos que responder y ganar. O perder, pero luchar. Nuestra vida tiene el mismo esquema que antes, solo que ahora no tenemos que romper la cabeza por sobrevivir en la selva, sino, decidir cómo pagar las deudas de las tarjetas de crédito.

El cerebro, con raras excepciones, no puede manejar los volúmenes de información necesarios para resolver nuestros problemas de la vida moderna, por lo tanto, empezamos a usar outsourcing, y no solamente a nivel de empresas, lo hacemos para nuestra vida cotidiana con muchas más ganas aún. Y el cerebro poco a poco pierde el espacio vital para su trabajo. Para estimular el pensamiento, necesitamos realizar las tareas utilitarias las cuales desligamos a las herramientas, a las máquinas, a los terceros y el cerebro deja de trabajar como debe ser.

Vivimos con la ilusión que pensamos constantemente, que siempre analizamos las tareas, establecemos los objetivos, pero, en realidad, no es exactamente así. La mente nos engaña, porque el pensamiento no es solo una función, es un proceso, un trabajo, mientras el cerebro siempre prefiere hacer algo menos laborioso, pero placentero.

Nuestros smartphones nos dan la ilusión del trabajo intelectual permanente: mientras movemos las noticias del Instagram o Facebook sentimos que estamos aprendiendo algo nuevo cada momento, hacemos descubrimientos e incluso los compartimos. Pero la verdad es que la gran mayoría de nosotros simplemente consumimos la información en porciones enormes, sin darle al cerebro un mínimo tiempo para procesar, asimilar, retener. El cerebro no puede hacer dos cosas a la vez: y recibir la información, y pensar sobre ésta. Es por este motivo, ahora que vemos las series Netflix una tras otra sin parar, terminando todas las temporadas ni somos capaces de recordar de qué se trataba la primera. Ni la segunda. Y pasando un par de días, ni la última. El cerebro sí disfrutó toda la nueva información, todas las expectativas, pero ni asimiló, ni la procesó debidamente. No le hemos dado la oportunidad.

Si no usamos nuestras piernas, se van a atrofiar los músculos, fragilizar los huesos, adelgazar los tendones y ya no podremos caminar. El cerebro ha sido tallado para lidiar con el mundo frío y cruel. No hay que quitarlo por completo. No dejes que tu hijo o tu nieto pasa horas con el Tablet. Sí está entretenido, sí está aprendiendo, pero la evolución nos formó de tal manera que, si en la edad temprana no desarrollamos nuestras habilidades motoras finas, nuestras capacidades verbales nunca llegaran a formarse de manera óptima. Si no vivamos en el mundo real, no vamos a llegar a ser la gente real.

Al cerebro le gustan cosas simples y la información conocida. Es por eso que y la música pop, y las telenovelas son tan parecidos entre sí, se tratan de las mismas historias contadas de diferente manera, así como los remakes — los disfrutamos aunque sabemos de qué se trata de memoria. Las redes neuronales se fortalecen al encontrarnos con algo conocido, por esto el cerebro nos premia y nos sentimos bien. Pero sin tener las tareas nuevas, sin retos las nuevas redes no se formarán, sin tener que resolver los problemas, el cerebro pierde la capacidad de hacerlo. Cada vez pensamos menos y procrastinamos más.

Fisiológicamente, nuestro cerebro es el mismo que hace 10 mil años, en las épocas de los nómades y primeros agricultores. 2 millones de años aproximadamente la evolución formaba los primates para llegar al Homo sapiens que heredó todos los logros evolutivos de sus antepasados. Gracias a estos logros, nuestro cerebro nos llevó a la asombrosa para cualquier otra época realidad que vivimos ahora. Pero biológicamente no estamos hechos para lidiar con la realidad digital.

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Quien sabe cómo vivirán las generaciones posteriores, la evolución no es simplemente lenta a la escala de la vida humana, es inmóvil. Pero si se puede afirmar que somos seres muy difíciles de exterminar y la cantidad de los individuos de nuestra especie en el mundo comprueba que sabemos a adoptarnos muy bien a todo tipo de cambio. Nos adoptaremos y nos transformaremos en futuro, quièn sabe. Pero vale la pena perder todo lo que logramos a desarrollar en nuestros cerebros? Vale la pena mantener las multitudes de consumidores cuya felicidad puede ser manipulada digitalmente, cuyo sentido de la existencia sería reproducirse en otras multitudes de consumidores o incluso simplemente parasitar en los logros de la minoría activa que siempre hubo y habrá sin siquiera participar en la transición diacrónica de los genes? El nivel de felicidad de los gamers supera los niveles de cualesquiera otras categorías de las personas, pero como representantes de la especie ellos no tienen valor biológico: no viven para reproducirse, ni para colaborar con la sobrevivencia de la especie. Ellos realmente quieren que el mundo los deje en paz. Son parásitos, pero unos parásitos simpáticos. Si seguimos consintiendonos , podríamos llegar a ser un próximo Universo 25 de John Calhoun. Los ratones de Calhoun vivieron sin luchas ni carencias, y terminaron exterminados. Una y otra vez. Estar en el paraíso tarde o temprano mata todas las ganas de vivir.

https://news.ycombinator.com/item?id=17839556 Aza Raskin

https://www.theverge.com/2018/3/28/17172404/justin-rosenstein-asana-social-media-facebook-timeline-gantt


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6 comentarios

  1. El nivel de felicidad de los gamers tiene, como toda moneda, su cruz. Como los vicios, sus problemas derivados. Nuestra abuela más apreciada jugaba con los dedos de sus nietos:
    Este fue a por leña,
    Este la partió,
    Este compró un huevo,
    Este lo frió,
    Y, este, que es el más gordo,
    Se lo comió.
    Y esas risas resuenan en la memoria … je je.
    El paraíso en efecto, mata de aburrimiento y el infierno o la vida en la tierra -tanto da- dispone de una variada oferta mortífera.

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    • definitivamente, nuestra psiquica es fragil, somos débiles ante los juegos cerebrales, pero cuando digo somos, una gran pregunta: qué dentro del cerebro representa nuestro YO. la conciencia es un operador más que admin, el cerebro límbico no sabe hablar. a veces me parece un poco loco cuando hablo de cerebro como si fuera un jefe de nuestro supuesto YO. sin embargo, este YO es muy efímero e indefinido.

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  2. Wowww! Querida Alona, totalmente de acuerdo contigo ya que en esta era digital estamos en la era del consumismo, tratamos de consumir todo lo que se presenta a nuestros ojos, ya no hacemos trabajar mucho a nuestro cerebro pues todo se hace “con un click” . Definitivamente, tienes mucha razón al decir todas esas cosas que muy bien lo has descrito, por ejemplo desde la época de los dinosaurios, cómo el mundo ha ido evolucionando, luego años después aparece la revolución industrial….hasta que con la aparición de la pc, todos nos hemos vuelto autómatas. Bueno, let’s keep in touch, dear Alona! 😉

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